jueves, 30 de octubre de 2008

LAS PALABRAS DEL DESEO

Hoy les acerco un artículo escrito por mi amiga y compañera de ACE, Christine Hamonic.
Chris es francesa, y vino a Argentina hace algunos años, acompañando a su pareja, Sergio.
Fue la primer persona que conocí en la primer clase de ACE, y al igual que con el resto de las chicas, conectamos de inmediato.
La noche que Chris me mandó este artículo, a las pocas horas, comenzó con el trabajo de parto, que traería al mundo a Michelle. Proximamente les acercaré también su relato de su parto.
Espero que disfruten tanto como yo estas reflexiones de Chris sobre el trabajo de Francoise Dolto. Gracias Chris por tu colaboración!!!



LAS PALABRAS DEL DESEO


Antes que nada, te quiero agradecer, Jose, por darme la oportunidad de contribuir a tu excelente blog; y también gracias a Céline por haber aceptado compartir su historia. Quisiera introducir en este artículo el trabajo de una psicoanalista francesa contemporánea y amiga de Lacan: Françoise Dolto (1908-1988), desde mi humilde lugar de neófita, estudiante en psicología y sobretodo futura mamá. El trabajo de Françoise Dolto con los bebés y los niños sigue siendo, en mi opinión, revolucionario: logró adentrarse en la lógica del deseo infantil, manipulando los conceptos freudianos de un modo a veces muy atrevido. De Lacan, ella decía que no entendía nada de lo que decía, y él le retrucaba que no tenía importancia ya que ella hacía lo que él intentaba decir, que lo hacía sin necesidad de la teoría.

Dada la amplitud de la cuestión, quiero apuntar a dos temas centrales a la hora de comunicarnos con nuestros hijos: la diferencia entre necesidades y deseos, y el “decir verdadero”: “le parler vrai”; quien haya escuchado hablar a Françoise Dolto no puede olvidarse nunca del impacto de sus palabras: nos golpean, sobre todo cuando nosotros adultos hemos aprendido a portarnos bien, o sea a ocultar nuestros más genuinos deseos, saberes y sensaciones. Hoy más que nunca me parece urgente aprender a decir lo que hay, sencillamente, como lo hizo recientemente Tomás Abraham en un programa de TVR.

Reuní extractos de dos libros de Françoise Dolto : “Todo es lenguaje” y “Soledad”; ella se dirigió en muchas oportunidades a los padres y a los educadores en un lenguaje muy sencillo, que espero lograr transmitir: las traducciones son caseras, sabrán disculpar las torpezas! A veces puede parecer dogmática si se la lee como un conjunto de recetas para ser buenos padres, pero no es así: nos propone una forma de escuchar y de decir, de alentar a nuestros hijos a sostener su propia vida.

NECESIDADES Y DESEOS

El ser humano tiene eso de particular que no le alcanza con la satisfacción de sus necesidades para sentirse humano: concretamente, ¿qué quiere decir eso? Françoise Dolto nos explica lo siguiente:

“La necesidad es repetitiva, el deseo es siempre nuevo, y es por eso que, como educadores, debemos cuidarnos de satisfacer todos los deseos. […] Las necesidades, hay que satisfacerlas; los deseos, hay que hablarlos, y hablarlos mucho. […]
Por ejemplo, un niño no quiere comer. Es imperativo que no coma; porque, si fuera una necesidad, comería. Si no quiere comer, es que no lo necesita y que eso sería el deseo del adulto. Usted le dice: “Si no tienes hambre, está muy bien, cuando tengas hambre, comerás.” Las mamás no saben cuándo los niños tienen hambre. Y: “Si tienes hambre, tu mano te dará de comer, no será mi mano, la de mamá, como si no lo pudieras hacer solo.”
Se llega progresivamente a ayudar a un niño a adquirir su autonomía con respecto a él mismo, es lo que llamo “automaternizarse” (2): es algo que empieza muy temprano, antes de que pueda caminar. Empieza cuando lleva a la boca lo que necesita, porque tiene hambre, o porque quiere saber de este objeto, lo cual tiene que ver a la vez con la necesidad y con el deseo.[…] Comer sin hambre es aberrante […]es como si se le enseñara una perversión, para complacerlo al adulto.[…] Es lo mismo con la continencia, lo que llamamos dejar los pañales (1)[…] Antaño, en cuanto (los pequeños) caminaban, se les ponía un vestido […]que se alargaba a medida que crecían, tanto a las niñas como a los niños (y que) duraban hasta los cuatro años.[…] Abajo estaban desnudos ¡y hacían lo que tenían que hacer! El piso era de tierra batida y siempre pasaba una abuela a recoger el pis o la caca dejado por el inocente niño. No se hacían historias con eso, los niños se volvían continentes naturalmente, nadie se ocupaba de eso. Era así, era todo.[…] Lo que cambió es la noción de confort[…] un accidente sobre un parquet encerado daba mucho trabajo a la mamá.[…] (y también) la antisepsia, la lucha contra la morbilidad y la mortalidad infantil, todo eso influyó en que las madres se sintieran angustiadas con que los niños no se mojaran.[…] Por suerte hoy el peligro es menor […]pero seguimos con la idea que es bueno que los niños dejen los pañales temprano […]. Escuchamos ese lenguaje de “complacer a mamá” o a las cuidadoras cuando el niño hace caca : “¡Ah, qué limpio!, ¡ah, qué bien que comió!...” Comió, punto, ni bien, ni mal. Uno come prolijamente cuando puede hacerlo, gracias al desarrollo de la coordinación motriz […] pero no está ni bien ni mal.
[…] Quiero ilustrar otra vez el tema: satisfacer la necesidad, no el deseo. Por ejemplo, un niño no necesita caramelos. Pide un caramelo por el placer de que nos ocupemos de él, para que le hablemos, que le mostremos que lo queremos. Es muy interesante observar que si le decimos al niño: “Ah bueno, sí ¿cómo sería el caramelo ese? ¿Sería rojo?” Empezamos a hablar durante media hora, hablamos del gusto del caramelo, según su color rojo o verde, incluso podemos dibujar caramelos, y el niño se olvida que quería comer un caramelo. Pero ¡qué linda conversación sobre los caramelos! ¡Qué lindo momento compartimos!
[…] El niño dice: “Ah, me gustaría tener este camión”. La mamá contesta: “Ah no, no se puede, no tengo dinero.” Y rapidito, vayámonos, no miremos: ella no quiere que sienta la tentación; mientras vivir es eso justamente, es poner palabras sobre lo que nos atrae, y hablar de eso.
“Este camión, ¿te parece bueno?
- Ah, sí.
- ¿Qué tiene de bueno?
- Tiene ruedas rojas.
- Sí, está bueno, pero las ruedas rojas a lo mejor no ruedan. No es una imagen, un camión tiene que avanzar. Vamos a entrar al negocio, lo vas a tocar; hoy lo vamos a mirar, no tengo plata para pagarlo.
- ¡Sí, sí!
- No puedo, es así; si prefieres, no entramos para verlo y tocarlo.
- ¡Sí, sí!”
Cuando el niño ve que su madre está decidida: “No te lo voy a comprar, pero podemos hablar etc.”, se tranquiliza […] es grave si la madre desvaloriza su deseo […]: “No se puede realizar, pero tienes toda la razón de desearlo.” Desde el principio de la humanidad, hay tontos que desean lo imposible, que quieren la luna, pero si no hubiera habido tontos que hubieran querido llegar hasta la luna, nunca habríamos ido allí.
[…] Ese es nuestro papel de educador : satisfacer la necesidad sin lo cual el niño se moriría, y hablar del deseo para que el sujeto mismo busque cómo satisfacerlo; por su cuenta, no para satisfacernos a nosotros sus padres o educadores sino porque él se siente hecho, destinado para tal u otra actividad que le fue revelada.[…]
Lo que al niño le hace falta, es que el otro entre en comunicación con él con respecto a su deseo, y ahí, abrir el mundo en palabras, un mundo de representaciones, un mundo de lenguaje, de vocabulario, un mundo de promesas de placeres. […] La creatividad, la inventiva, eso es el deseo, no es la satisfacción en la cosa misma; es la evolución cultural de este deseo en el lenguaje.”


UN DECIR VERDADERO

Françoise Dolto se caracteriza por un modo muy directo de “hablar la verdad” del individuo. Los ejemplos en la clínica siempre son impresionantes:

“Conocí a un niño abandonado […]a la edad de 3 semanas. Se negaba a comer, gritaba, gemía todo el tiempo, siempre sucio, mocoso, vomitando, ensuciando sus pañales a penas lo cambiaban, la mirada como vacía. A los dos años, parecía tener no más de 9-10 meses. Era de estos niños tan repugnantes que los cuidadores sienten vergüenza por el disgusto que les genera. […] Se intentó una cura psicoanalítica. (El niño) aceptó el contacto conmigo, aullando con desamparo y mirándome. Le expliqué su estatuto particular […] Había sido abandonado con la demanda específica de la madre que nunca se le revelara su identidad. […]El niño empezó a cambiar cuando le di como hipótesis de interpretación que él, por amor a su mamá que lo había traído al mundo y lo había llevado en su cuerpo sabiendo que lo rechazaría el día en que naciera, quería volver a crear ese modo relacional con todo el mundo para que todo el mundo fuera como mamá. Tuvo un reflejo sorprendente en la mirada cuando le dije eso y añadí: “Pero tu mamá te rechazó para que estés menos infeliz que si hubieras estado con ella.” Ahí sentí que había tocado algo, y a partir de aquel momento dejó de vomitar, de hacer pis y caca en todos lados.[…] Empezó a mirar, sonreír, parlotear, aumentar de peso, ser limpio.
[…] Hay que entender esto: cuando algo es verdadero, si está dicho, libera del síntoma.[…] Eso es lo importante en el lenguaje que tenemos con el bebé, por más joven que sea, y también con un niño grande: decirle verdaderamente lo que sentimos, sea cual fuese esta verdad (la verdad, no lo imaginario).”

Volviendo a situaciones más cotidianas, Françoise Dolto nos dice:
“El racismo es importante, los niños lo sufren. No se puede decir que no existe, hay que decir la verdad […] : “eres negro [….] y ciertos niños te lo van a reprochar. Tú, hace lo que corresponde para que te aprecien, y ya verán que se equivocaron y que son tontos.”[…]
(Una) mujer me escribe desde la clínica diciendo: “Desde que nació mi hija, lloro sin parar, no sé qué hacer desde hace tres días, nació con síndrome de Down.” En seguida le contesté: “Dígale a su hija por qué usted está llorando, que tiene el síndrome de Down, que ella no es como otros niños a quienes sabemos cómo criar. Use esa palabra: “anomalía genética” y dígale que usted llora porque no sabe cómo va a hacer para criarla y que tiene miedo que sea infeliz.” Los padres se conmovieron mucho con mi carta. Todavía estaban en la clínica. Pensaron: “¿Qué tenemos que perder? Se lo vamos a decir.” Y vieron la extraordinaria sonrisa de ese bebé de cinco días, y a partir de ahí, hubo una comunicación increíble con esa niña, ¡que resultó ser tan inteligente![…]
Hay que decirles a los niños las palabras justas.[…] O las cosas no le llegan al niño o hacen un “clic”. Es cuando hacen un “clic” que podemos hablar con él de lo que nos dice. Hace una pregunta. ¿No escucha la respuesta? No insistamos, esperemos otra pregunta.
Por ejemplo un niño necesita saber que tiene un padre, aún si la madre es soltera; es una necesidad absoluta. Sin eso, crece de forma hemipléjica, y eso se notará, en su vida o en su descendencia […] Y no hay nada más fácil que explicarle a un niño que tuvo un progenitor, un “padre de nacimiento”, como todo el mundo, pero que no lo conoce. Que ahora no tiene papá, o que ya tuvo otros papás, pero que no son su padre de nacimiento, no hay nada más fácil. En la semana verán que este niño se transformó en su relación a su madre que le dijo la verdad.[…] El le pregunta:
“¿Y tú lo conoces, lo conociste?
- Por supuesto que lo conocí.
- ¿Y por qué no lo ves más?
- Porque ya no nos llevábamos bien.”
[…] Entonces vemos al niño transformado por sentirse el derecho de tener al padre que tuvo, y de haber entrado, él, en el circuito de la vida cuando se dio ese encuentro sexual.
[…] (La madre) puede decir: “El día que quieras encontrar a tu padre, probablemente podrás hacerlo tú, pero yo no te ayudaré: sufrí demasiado […], pero no estoy en contra, tendrás que arreglártelas, te puedo dar la última dirección que tenía etc.”
Con eso, vemos niños que arrancan con su vida porque su deseo fue respetado, sostenido. No se trata de satisfacer sus deseos, ni de ayudarlo sino de darle su autonomía.”

¿A DONDE VOY CON ESO?

Tomemos conciencia de que los chiquitos y a veces los más grandes no pueden expresar con palabras lo que les pasa, pero sin embargo están ávidos de comunicación y pueden necesitar de nuestra ayuda para expresarse. No somos todos psicoanalistas, profesionales de la infancia y muchas veces ni siquiera sabemos qué nos pasa a nosotros mismos, pero sí podemos aprender a decir las cosas más sencillas: “Veo que te pasa algo, pero no sé qué hacer para ayudarte.” Les quiero contar lo que me relató una queridísima amiga, Céline, madre de gemelos, Suzanne la nena y Arsène el varón. Nacieron por parto vaginal programado, como suele pasar en este tipo de embarazo. Arsène estaba de cabeza y salió primero: se lo entregaron a su mamá en seguida. A Suzanne la fue a buscar el médico, tirándola de los pies. Tenía mocos y le pusieron una sonda; más frágil, no se la entregaron a la mamá y la expusieron enseguida a una fuente de luz y calor. Su mamá se consideraba con razón muy afortunada de haber evitado la cesárea, que fue una amenaza constante y traumática durante el embarazo. Sin embargo, durante los dos primeros meses, algo no andaba del todo bien con Suzanne, como si su mamá nunca llegara a tranquilizarla del todo. Hasta que un día tuvo la sabiduría de hablarle de su nacimiento : que sin duda estaba muy enojada porque no estaba lista para nacer, porque la separaron de su mamá, y también le dijo cuánto la apenaba no poder entenderla bien y responder adecuadamente a su pedido, no poder reasegurarla. En seguida algo cambió entre ellas, la relación fue más segura y más completa. Esa mamá habló desde la verdad y el amor.
Recién me contó que estaba preparando suavemente la adaptación a la guardería. El día en que iniciaron el período de adaptación, mi amiga estaba muy nerviosa pero estaba tan agradecida por haber conseguido un lugar para sus dos hijos que dejó de lado su sensación interna. En seguida su hija desarrolló una terrible diarrea que provocó un eritema purulento imposible de curar con los remedios… y ahí entendió… Céline habló con Suzanne de su propia preocupación y dificultad en alejarse de sus bebés y la diarrea se cortó el mismo día.
Los bebés necesitan eso: que alguien formule su verdad, y también lo que perciben de las personas que los cuidan y con quien forman una unidad. Después, creo que les da la libertad de hacer lo que les parece con sus vidas…

Para concluir y volver al propósito que me planteé, quiero añadir que Françoise Dolto desarrolló su actividad en una sociedad muy rígida que trataba a los niños como animalitos que había que domar. Hoy, vivimos casi lo opuesto; contamos con pocas estructuras sociales y a veces nos complacemos en una habladuría estéril e idólatra del Rey niño, foco de nuestras vidas. Si Françoise Dolto hizo mucho para que en fin se lo considere al niño como una persona con derechos, nunca dejó de lado las obligaciones del niño: convertirse en un ser autónomo, consciente y responsable de sí mismo. Insistía en que el niño encontrara su lugar en el mundo a través de tempranas experiencias sociales promotoras de su autonomía, fuera del hogar, pero siempre que sus cuidadores o la sociedad misma fueran garantes de sus derechos y sostenedores de sus deseos. No dudo de que estuviera horrorizada por la infantilización generada por el sistema hiper-consumista que rige nuestras vidas, tanto en los niños como en los adultos, demandantes de satisfacciones inmediatas y siempre renovadas. Como bien lo explicó, de este modo se cancela o por lo menos se calla el deseo.

Y el deseo es lo que constituye el verdadero motor de todo ser humano libre.

C.H.

(1) En francés, se dice “ser limpio”
(2) “S´automaterner”: neologismo, significaría algo como tratarse a uno mismo maternalmente.

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